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Insinuar y no decir

Una de las cosas más difíciles que nos ocurre cuando empezamos en el oficio es que damos más importancia a lo que se dice que a lo que no.

Esto nos lleva a incurrir en una de las cosas que más afean y deslucen una composición textual que es subestimar al lector: pensar que necesita que le demos la idea tan mascada que no tenga que poner nada de su parte. Todo lo contrario. Recordad que hemos hablado ya (y no poco) del iceberg de Hemingway,  teoría en la que el autor subraya:

«Se podría omitir cualquiera [parte] sabiendo que lo esta omitiendo, y la parte omitida reforzaría la historia y haría que la gente siente algo más de que entiende».

Creía que, al ocultar la estructura de la historia, el autor reforzaría la obra de ficción, y que la «calidad de una obra podría ser juzgada por la calidad del material eliminado por el autor».

Su estilo contribuyó a la estética: utilizando «frases declarativas y representaciones directas del mundo visible» con un lenguaje simple y claro, Hemingway se convirtió en «el estilista de prosa más influyente del siglo XX», según el biógrafo Meyers.

EJEMPLO PRÁCTICO

Pues hoy veremos eso de la mano del texto de una gran amiga y colaboradora de nuestra página Verónica Mirta Urso o Vröni como me encanta llamarla porque combina cercanía y elegancia en un nombre.

Su texto, que os dejo también en la sección de invitados, nos alude a la muerte de ella sin decirlo del todo. El lector lo descubre por indicios y al final lo tiene claro (no sería necesario hacerlo tan evidente, es cuestión de gusto del autor). Esa belleza es superior a la que nos produciría un texto en que sabemos que ella ha muerto y ella lo declara.

Los tiempos verbales, la eleccion del lenguaje que da textura al texto y el tono del narrador son los elementos narrativos que nos ayudarán a reforzar la presencia de lo que no se llega a decir.

¿Jugais con la ambigüedad de lo no expresado? ¿Qué os parece la idea de dejar trabajar al lector?

Gracias de antemano a Vero por compartir con nosotros su talento una vez más. Nos encanta tu texto.

Desde el otro lado del cristal (por Vröni)

ventana lluvia photo

Buscándote me encuentro de improviso siguiendo tus pasos bajo esta tempestad.
Recorro nuestras calles, tomo nuestro atajo y tropiezo de repente con dos figuras borrosas sentadas en un bar. Me resultan familiares. Les observo mirar las gotas de lluvia que rebotan en el ventanal.

Parecen juntos y a la vez distanciados, cada uno inmerso en el viaje de sus respectivos universos. Los contemplo desde mi esquina, desde nuestra esquina preferida. Camino unos metros y me resguardo bajo el techo de la parada del ómnibus que da frente al local. El viento golpea fuerte contra los vidrios de mi guarida mientras ellos siguen allí mirando hacia el infinito.

Casualmente o no, en algún punto de su viaje, sus mentes intersectan con la mía

y nos reconocemos. Puedo ver como el contexto que los rodea permanece inadvertido mientras nosotros nos trasladamos desde ese horizonte que nos divide.

De repente estoy sentada a tu lado, observándote. Te había estado buscando y pienso en qué decirte pero callo. Me limito a observarnos. Somos simplemente nosotros, detrás del vidrio empapado. Eres tú, ajeno e inmóvil y tu rostro parece comprimido por un dolor que no reconozco y que me intriga. No me miras, no me advertís. Apenas tomas tu café servido en la mesa. Prefiero no invadirte y solo me atrevo a seguir en silencio las líneas de tus mejillas.
Recorro con las manos de mi memoria tu cabello ondulado y me detengo en tus labios carnosos entreabiertos. No advertís mi mano pero te rozo como brisa y me detengo. No deseo que tu quietud se altere. Antes necesito comprender lo que te pasa.

¿Por qué tu mirada parece oscura? ¿Por qué estas ausente? ¿Tristeza o enfado?  No lo comprendo. Me contengo.  No te nombro aunque quisiera. No provoco tu reacción. Estás perdido, lejos de mí, donde sea que te halles.

Compruebo mirando alrededor que el lugar parece desolado, y no se asemeja en absoluto a lo que era.  Nada allí es como fue una vez. Nada queda del punto de reunión en el que las risas eran protagonistas. Encuentros inesperados. Citas perfectas. Cumpleaños. Aniversarios.
El espacio para los amigos. El rincón perfecto de solitarios. Nuestro querido refugio de enamorados. Ahora todo parece en penumbras.  El tiempo se ha detenido y un mortal silencio nos invade.

Vuelvo mis ojos a tu silueta que junto al atardecer se ilumina. Afuera la lluvia ha mermado y las nubes se despejan de a poco. Ese sol de nuestras tardes de infinitas charlas regresa a nosotros.
Percibo los latidos de aquellos días en los que latíamos. Con ganas. Aún percibo nuestros latidos. No me resisto y tomo tu mano para quitarte de ese estado, para decirte que yo te ayudaré a recuperar lo que sea que te falte, a salir del pozo en el que te ahogas, a sobrevolar cualquier dolor.

Pero algo sucede. Traspaso tu piel, tus huesos, traspaso toda la mesa y ni siquiera te inmutas. Todo permanece imperturbable. Me quedo perpleja y algo me presiona el pecho. Floto. ¿No existo acaso?

Me levanto. Nadie me ve, nadie percibe mi presencia. No hay sombra sobre mis pasos. Solo una imagen reflejada en ese ayer. Vuelvo a mirarte. Y lo comprendo todo. Comprendo tu ausencia. Soy yo la causante de tu estado. Yo soy tu pena.

Ya no puedo regresar a tus días, ni a nuestras calles, ni a las esquinas de nuestros besos.
Busco entonces algo que me ayude a devolver la vida a tus ojos. No soporto verte así, teñido con el luto y con la muerte.  Acabado. No puedo asumir que desees flotar conmigo, dejarte ir. De los dos, uno al menos debe salvarse.

Miro alrededor, con urgencia, con la angustia del que descuenta minutos robados al tiempo. Y entonces la veo. Veo a la joven que cruza la calle con un andar solitario, liviano y suave. Vaga sin rumbo y su cabello rizado deja una estela tras ella.
Corro hacia ella con la fuerza que da el amor infinito que sentí una vez y que permanece en mí como un espíritu. Lo busco dentro, lo traigo a este instante, cada minuto, cada caricia, cada te quiero, cada sensación de aquel presente desdibujado.

Y con la fuerza del anhelo, como un huracán me abalanzo sobre ella, sobre su delgado cuerpo, sin darle tiempo a entender. Solo consigue sentir el tremendo caudal de amor que implanto en la tierra fértil de su alma. Sus ojos brillan y se cruzan con los tuyos a través de a ventana de aquel bar que ya no era el mío. Entonces ella pronuncia tu nombre y tu lees en sus labios su promesa. Y regresas, al fin, para encontrarte con ella.

Mientras, una luz se abre ante mí. Me atrae. Camino, inmersa en una paz infinita. De pronto, giro la cara y te miro. Sonríes. Adiós, susurro, pero ya no me oyes.

Y cruzo al otro lado.

Vröni 2019

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