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El don (Silvia De Vito)

Alto, desgarbado, sus piernas son largas y sus pies tan grandes que lo vuelven torpe, choca y tira todo lo que encuentra a su paso. No logra coordinar los movimientos de su cuerpo. Sobre todo sus extremidades que parecen crecer varios centímetros cada noche. Huraño, desconfiado, el ceño siempre fruncido en una frente muy corta, donde una mata de pelo color zanahoria apunta al cielo.

Chasquea la lengua contra los dientes, mientras trata de colocar el tornillo en el agujero, ese gesto, tic o como quieran llamarlo lo caracteriza, lo repite cada vez que se concentra en algo que verdaderamente le interesa y requiere su total atención. Debe terminar antes que anochezca, para poder colocarlo dentro del armario sin que su madre se dé cuenta.

Ella vuelve diariamente pasadas las siete de la tarde y luego de una rápida ducha se pone a cocinar, si no lo pusiera, notaria su ausencia, y comenzarían las preguntas. Quiere evitar pasar por eso, no soportaría ni está preparado para dar explicaciones.

Se le dan bien los trabajos manuales, a pesar de su incoordinación de movimientos, su torpeza y distracción. Tiene un don natural para desarmar y rearmar cualquier cosa, pieza, motor o engranaje que le pongan delante. Como se dice a sí mismo: “es el mejor en las cosas que hace bien”.

Estas habilidades suplen su falta de atractivo físico, lo equilibran. Por lo cual su sola presencia produce empatía en las pocas personas que se acercan a él. Pero es huraño  y prefiere  su propia compañía. Pasa la mayor parte de día solo y cuando Blanca su madre, regresa, comen prácticamente en silencio,

No comprende esa devoción, no está bien, quiso acabarla. Pero, ni bien lo rompió se arrepintió de hacerlo. Lo termina  justo a tiempo. Blanca como todas las noches antes de cenar abre el armario y saca el tríptico, dando comienzo a su ritual, se persigna ante la foto de Juan (su marido), enmarcada entre las imágenes de Jesús y la Virgen María, lo coloca sobre el mantel bendiciendo la mesa.

-No hay diferencia con el original- piensa Antonio, se le dan bien los trabajos manuales.

Ama a su madre, debe pensar otra forma de darle fin a esto.

La imagen que le devuelve el espejo, no se parece en nada a su padre, él era atractivo, armonioso y locuaz. Su madre se lo hace notar subliminalmente todos los días al ponérselo enfrente y adorarlo.

Desde que el “nos falta” como ella dice hace más de cinco años, se observa diariamente con una extraña mezcla de emociones, intentando encontrar un rasgo, un gesto que le indique alguna semejanza, que lo acerque a ese extraño del que guarda tan pocos y desagradables recuerdos.

Al hacerlo teme que suceda, y se desilusiona al no ser así.

A medida que crece se distancia más de él, física y mentalmente, y esto, lo aleja más de ella.

Su don no es suficiente, si pudiera… si fuera capaz de lograr ser valioso de alguna manera.

Quizás… ella estaría tan feliz de volver y encontrarlo en casa que no necesitaría más las imágenes.

 

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