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El condimento secreto (Llarina Pérez Salazar)

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Entras en el coche tan rápido como tus años te lo permiten. «No me han visto», te repites una y otra vez en voz baja. Al cabo de dos minutos, tus amigas salen del taller al que tu hija te ha apuntado: La chocita del chef Marco. Marco Puentes, cocinero cosmopolita de los que viven en las grandes urbes, en el último piso del edificio más alto de la ciudad más fastuosa. Y estaba allí, en un pueblo con tan pocos habitantes que podría llamarse aldea. Un curso intensivo de cocina creativa, con una competición final. Eso te promete tu hija. Eso te promete el chef Marco. Es una oportunidad de oro para demostrar que puedes hacer tu cocina un poco más interesante, hacerte la interesante delante de las vecinas, ser simplemente interesante.

No enciendes las luces, te quedas a oscuras, esperando, asegurándote de que tu plan ha salido bien. A través del parabrisas ves cómo sale de la chocita tu máxima competidora, Pepa. Habla con Marco, que está echando la llave.  Se ríen tranquilamente y te molesta. Te crispa. Pepa es una dura contrincante y sabes que haría cualquier cosa por ganar el concurso. También sabes que no es trigo limpio y que te eliminaron de la final por su culpa. Estás segura de ello porque tus judiones son los mejores del pueblo. Te lo dicen tus hijos, tus nietos. «Nunca fallas, mamá». Exacto. Nunca fallas. No admites que pueda haber sido tu error y acusas a Pepa. La acusas de manipular el tiempo de cocción, de añadir más agua cuando tú no mirabas y de que los judiones quedaran para partir piñones. No te sorprende. Es más, te lo esperas. Siempre ha sido la pedante de clase, la estudiante perfecta, ama de casa, esposa, madre, abuela. Pero a ti no te engaña. Llevas tiempo analizándola, conociéndola, descubriendo sus defectos y alegrándote de ellos. Pepa, la falsa. Josefa, la envidiosa. Te ríes entre dientes mientras se van alejando por la calle. «Por supuesto que no me han visto», respiras hondo y te relajas en el asiento. Mañana es la final y todos los familiares y amigos asistirán al nombramiento del ganador. Y no será Pepa. Estás eufórica, pletórica, sueltas una carcajada y después otra, ríes tanto que te entran calores, el corazón te late muy rápido, se te seca la boca de la emoción. Buscas en el bolso un botecito blanco, tu cómplice en el plan que has urdido para destruir a tu antagonista. Lo encuentras y disfrutas agitándolo. Nada. Silencio. ¡Qué sonido maravilloso el del vacío! Dentro no queda ni un solo gramo. Has volcado todo su contenido sobre el gazpacho de Pepa. Un bote de sal. Lo has hecho con sumo cuidado, inventándote la excusa perfecta para poder abrir el frigorífico, verter la sal y removerlo con la cucharita de plástico que escondías en el canalillo. Lo has hecho y no te ha importado. Visualizas las caras de tus amigas, la de los acompañantes que harán de jurado, la de Marco Puentes, sí, la expresión de asco dibujada en sus rostros, la repulsión absoluta al probar su gazpacho, extremadamente salado. Imaginas el veredicto del chef. Inconcebible, un castigo para los sentidos, el exterminio de las papilas gustativas, una bomba para el hipertenso, una aberración, la sopa del mismísimo averno.

Arrancas el motor regocijándote en el éxito de tu plan. Todos serán testigos de la caída de Josefa, la infalible. Alzas la barbilla, orgullosa. Recuerdas el dicho: «la venganza se sirve en plato frío». Asientes con la cabeza y te pones en marcha. Por el camino ensayas lo que le vas a decir a tu marido cuando llegues a casa. Ha sido una clase productiva, has aprendido a hacer huevos benedictinos sobre algo que se llama muffin y que en tu tierra llaman panecillo, te has manchado el delantal de salsa holandesa, te has acordado de que no encontrabas un bol que habías usado para otra receta, lo has buscado por todas partes, incluso en el frigorífico pero, ¡vaya!, lo has encontrado en casa. Qué despistada puedes llegar a ser. Los años no perdonan. Abres la puerta y tu marido te recibe con la boca llena. Te da la bienvenida y te pregunta qué tal ha ido el taller. Comienzas a contarle tu historia, pero de inmediato te interrumpe. No tiene tiempo para ti. Acaban de meter un gol y se lo ha perdido. Te da un beso rápido y corre hacia el comedor con una bolsa de patatas fritas en la mano.

Te encojes de hombros y piensas en lo fácil que ha sido todo. Te duchas, te quitas los restos de gazpacho que la cucharilla de plástico ha dejado entre tus pechos, cenas a su lado, te vuelve a besar, hacéis el amor, dormís. Te despiertas un par de veces en medio de la noche; él sigue durmiendo. Estás demasiado nerviosa y decides leer un libro. Por fin, sucumbes al sueño y sueñas con el día siguiente, con el gazpacho, tus judiones, los huevos, con casas lujosas y con Marco, otorgándote el primer premio a la mejor cocinera del pueblo. Mejor que las demás, incluso mejor que Pepa.

Es tu marido quién te despierta y te avisa de que el concurso no tardará en empezar. Te vistes tan rápido que te pones la blusa del revés y te calzas dos zapatos diferentes. Llegáis a la chocita del chef cuando ya han entrado todos. No puedes perderte el momento, así que empujas al resto de los invitados hasta llegar a la mesa principal. En ella han colocado los tres platos finalistas: un strudel de manzana, una tortilla española y  el gazpacho de Pepa. Marco da a probar a todos los asistentes el strudel; un éxito inmediato. Dulce, pero no empalagoso. Lo mismo ocurre con la tortilla; jugosa, pero no cruda. Solo faltaba el gazpacho. Te frotas las manos y notas cómo el pulso se te acelera. Reparten vasos por la sala y esperas, ocultando a duras penas la risa. Marco es el primero en hablar y apenas crees lo que sale por su boca. Exquisito, delicioso, una explosión de sabores, de frescura, único. El resto lo acompaña y corea. Hasta tu marido se une a la ovación. Sin comprender lo que está ocurriendo, bebes el gazpacho y descubres que, efectivamente, está sabroso, pero no salado. Te quedas pensativa y pides otro vaso. Das un sorbo, lo saboreas y te lo terminas de un trago. Ni rastro del bote de sal. Comienzas a sudar, a marearte y a preguntarte qué demonios has metido en el gazpacho. Los demás empiezan a palidecer. Ves caras descompuestas, extrañadas, cuerpos que se encorvan, Marco que se estremece en el sitio, Pepa que se lleva las manos a la cabeza, tu marido que arruga la frente en una mueca de dolor. Pegas un brinco al notar que se te escapa una ventosidad y caes en la cuenta. Con las manos temblorosas y un escalofrío recorriéndote de arriba abajo abres el bolso y rebuscas. Palpas las llaves, la cartera, un paquete de clínex, los caramelos para la garganta, el botecillo de sal vacío, otro bote lleno. ¿Otro bote? Lo sacas tratando de mantener la compostura, lees la etiqueta y descubres que está lleno de sal. Un latigazo te atraviesa y te doblas hacia adelante. Te pasa por la cabeza un mal augurio. Realmente malo. La sal… tenía que ser sal…Te muerdes los labios y metes la mano para sacar el otro bote, antes de que dos goterones de sudor te nublen la vista. Lees de nuevo, estupefacta: Vientrelax Forte en polvo.

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